viernes, 12 de noviembre de 2010

DEL HOMBRE QUE ESCAPO PARA MORIR

Y del horizonte comenzaba a divisarse la figura de un hombre que caminaba pausadamente por aquellos áridos caminos, el sol remarcaba su expresión de incomprensión, el viento sofocaba su alma, le hacia recordar las batallas mientras sin saberlo al avanzar profanaba la pureza del lugar con sus memorias, con la angustia convirtiéndose en penar. Nadie lo miraba sucumbir en si mismo, nadie lo miro perderse en sus tormentos, solo se arrastro hasta desaparecer.

Venido de tierras donde la guerra insulto a las personas convirtiéndolas en enemigos de si mismos. Las confrontaciones donde perdía por momentos la cordura habían terminado, solo quedaron incrustados en él marcas de la tierra, armas vacías poseídas del sufrimiento ajeno, los hechos que amansaron su coraje permanecían en su rostro y la mente se iba, se iba tanto como pudiera, los pies solo respondían a razón de huir. Sus ojos permanecían en la nada esperando despejar los fantasmas de la lucha, ahora ya nada valía, ni siquiera el uniforme que provocaba desdicha, solo las lagrimas para justificar los actos, para olvidar, para esperar ser perdonado y que la vida no se cobre con indiferencia todos los males que provoco.

Después de verse solitario comienza a vociferar “No me miren” convirtiéndose en suplica a cada paso y ¿Qué mas podía pedir? Eran los temores quienes le gritaban, quienes lo veían perecer en la angustia personal; recordaba las caras de quien le solicitaba ayuda, pero mas que todo, recordaba al niño que se escondía tras los árboles, que pensaba que los pasos enemigos serian frenados por la naturaleza, que tratando de compactar su pequeña figura detrás de un objeto vivo que solo podía ser testigo de las muertes. Recordaba como tembló la tierra al sucumbir con la vida infantil, recordó con un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero como fue manchada su cara con la sangre de aquel cuerpo. Y ahora él había sobrevivido, era un villano contagiado por la culpa, un ser humano engañado por sus iguales, arrastrado sin razón al mal y mutado en la persona que ahora moriría sola por sus errores.

Los últimos dos pasos que dio se volcaron confusos, la arena lo abrazo conforme caía, no había mas que esperar en el tiempo, la respiración desaparecía, la sensación de muerte se acercaba sin poder hacer nada, sin gritar y esperar un rescate no merecido. Las capas de arena comenzaron a acumularse en su cuerpo convirtiéndose en un ser mas grande, repulsivo que seria parte del desierto. “¡No te vayas!” escuchaba del cielo,
“¡No desaparezcas!” seguía gritando aquella voz, era solo su recuerdo que temía no poder liberarse de la agonía al morir, era la escena repetida un y otra vez. Susurro con piedad al viento: “Mátame” pero era demasiado tarde, se había convertido en parte del desierto, escuchando día a día las memorias crueles. Pidiendo cada que el tiempo volvía, que acabaran con su vida, que lo liberaran matándolo, pero nunca fue así.
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